01
Eran casi las seis de la tarde cuando Whitney regresó a Smallville. El atardecer era justo como lo recordaba, con los largos rayos del sol iluminando los campos de maíz como si de oro se tratara. Mientras más se acercaba a casa, más vacas veía en el camino, más granjeros arreando la tierra o dándole mantenimiento a sus cercas. Era justo como lo recordaba, pero pese a que apenas habían pasado seis meses desde que se había despedido de Lana aquel día, se sentía como si hubiera pasado una vida.
Sus manos se aferraron con más fuerza al volante en cuanto pudo distinguir el letrero local, que anunciaba: “Smallville, Capital del Meteorito”, y la presión en su pecho aumentó. Había pasado prácticamente toda su vida allí, y aún así no podía deshacerse de la soga invisible que se aferraba a su cuello cuando pensaba en volver. No había nada reconfortante en volver.
Parecía que por fin había logrado escapar de su monótona y cansada vida una vez que fue aceptado con los Marins, pero poco le duró el alivio. Una explosión en una batalla en Indonesia había sido suficiente para lastimar su rodilla a tal grado en que no pudiera seguir combatiendo, así que no tuvo más que volver con su madre, pues pese a que el pueblo parecía aferrarse a él con garras que lo hacían sangrar cada vez, no tenía otro lugar a donde ir.
Pisó el acelerador para dejar el cartel de Smallville muy atrás, pero lo hizo apretar los dientes. Cada que movía su rodilla, una pesadez quemante se hacía presente. Su supervisor durante la capacitación militar incluso se había ofrecido a llevarlo a casa, pero Whitney se negó de tajo. Ya había sido lo bastante humillante tener que abandonar los Marins cuando apenas se había unido, no necesitaba también la lástima de sus superiores.
Durante el cortísimo tiempo que había estado allí, había sentido que su vida por fin tenía propósito. No estaba haciéndolo por la gloria o reconocimiento, su motivación principal para jugar futbol. Se había unido a los Marins para hacer algo por su país, su pueblo. Para aligerar las deudas de su madre. Para no pensar en su padre.
Y sin embargo, ahí estaba de nuevo, justo donde había empezado.
—
En la entrada de la residencia Fordman se hallaba su madre, con los brazos cruzados mirando al horizonte. Sus ojos parecieron iluminarse en cuanto distinguió el auto de Whitney, y agitó ambos brazos para saludar. Su madre parecía haber envejecido diez años desde el momento en que el señor Fordman había fallecido, y verla allí en el patio, con una sonrisa tan infantil por alguna razón lo llenó de pesar. Quizás era porque en otra vida, su padre habría esperado allí con ella.
Luego de estacionar el auto junto a la entrada, salió del auto, no sin antes tomar su bastón para apoyarse, luego tuvo que balancearse para poder ponerse en pie. Era frustrante que una acción tan sencilla se había convertido en un ritual completo.
Su madre se apuró a ir con él para darle un abrazo estrujador mientras las lágrimas le brotaban. Whitney en respuesta se aferró a su madre como si fuera un niño pequeño, empujando hacia dentro el nudo que se le estaba formando en la garganta, así que dejó que su madre llorara por él.
Minutos después, cuando su madre por fin se despegó de él, por fin pudo hablar.
—Lana está esperado adentro —dijo mientras se sorbía la nariz con un pañuelo. La sola mención del nombre hizo que el corazón de Whitney diera un vuelco, como si de un reflejo se tratase. Antes de partir ese vuelco era seguido por una sensación de alivio y de flotar, ahora ese mismo vuelco parecía formar un abismo en su ser.
—Sólo ella, ¿cierto?
—Sí, no te preocupes.
Cuando Whitney llamó para avisar a su madre que regresaría a casa, le pidió que no quería fiestas de bienvenida, luego esta lo puso al tanto de lo que había pasado semanas atrás. Tina Greer, la acosadora obsesiva de Lana, había vuelto al pueblo con un aparente enamoramiento y, tomando ventaja de que Whitney había sido declarado perdido en acción, fingió ser él para poder estar con su novia, o mejor dicho exnovia, aún no se acostumbraba a llamarla así.
Su madre no pudo creer su suerte cuando días después un miembro de los Marins le confirmó que Whitney estaba herido pero vivo, y su sargento no dejaba de alabar su desempeño como cadete y de lo mucho que lamentaba que Whitney tuviera que volver tan pronto. Al menos alguien en la casa Fordman estaba feliz de su retorno.
El interior de la casa lo recibió con el aroma de sus galletas favoritas y las plantas que estaban junto a la puerta. Su madre dejó las maletas de Whitney junto al recibidor y lo guió a la sala. Tomó el codo de su hijo como para ser su soporte. Whitney retiró su mano con delicadeza y señaló el bastón con la cabeza.
—Tengo que esforzarme si quiero recuperarme pronto —recitó las palabras de su doctor, aún si no las creía. Su madre asintió con la cabeza y sonrió.
Llegar a la sala de estar le tomó más de lo esperado, cada movimiento con su pierna le generaba un pequeño tirón que lo entrecerrar los ojos, pero al final llegó, y la vio.
Allí estaba ella, leyendo un folleto sobre una escuela en París. Su nariz aún se arrugaba de forma particular cuando se concentraba, sus ojos aún lucían como dos perlas ante la luz del atardecer, su lacio cabello aún le caía por los hombros de esa forma tan adorable.
—Lana…
Alzó la vista al escuchar su nombre, y en cuanto volteó hacia él, en su rostro se dibujó la sonrisa más hermosa que Whitney hubiera visto en su vida. Lana soltó el folleto sin importarle que había caído al suelo y se lanzó a Whitney. Este tuvo que dar un paso hacia atrás ante el repentino peso de la chica, que antes habría podido soportar sin ningún contratiempo. Pero ahora dejó salir un quejido por más que apretó los dientes.
—Perdona —dijo Lana mientras, para decepción de Whitney, se alejaba—. No puedo creer que de verdad seas tú.
—Según lo que me contó mamá sobre Tina, las cosas siguen tan normales como siempre en el pueblo —dijo Whitney con una sonrisa que había ensayado durante todo el camino. No quería atosigar a nadie con su falta de ánimo.
—Y eso es la punta del iceberg —Lana contestó con su voz tan dulce como siempre. Era un bálsamo para los oídos.
Antes que nada, su madre sirvió algo de estofado, el mismo que siempre le hacía a Whitney de niño cuando estaba enfermo, y luego procedieron a comer galletas con leche. Durante todo el rato, la señora Fordman pasó el rato contando lo que había pasado en su vida, en la de sus amigas, y en la de los vecinos, así como todas las cosas raras que habían pasado en Smallville desde que Whitney se había ido. El rubio lo agradeció en silencio. Lo último de lo que quería hablar era de su tiempo con los Marins y recordar lo poco que había durado allí, recordar que había fracasado.
—No te preocupes por la tienda, Tom Parker hace un muy buen trabajo atendiéndola. No tienes que volver aún, además tienes que concentrarte en tus terapias de recuperación —dijo la señora Fordman luego de darle un sorbo a su taza—. Además, me imagino que quieres pasar tiempo con Lana —dijo en son de broma.
Whitney casi se atragantó con la galleta que masticaba en ese momento. Lana ni siquiera pestañeó, y se limitó a sonreír con comprensión, como si no hubiera grabado un video donde terminaba con él.
Ver el mensaje había hecho añicos el corazón de Whitney, y durante los días no pudo conciliar el sueño. Después de un tiempo, sin embargo, se pudo convencer a sí mismo de que era lo mejor. Quién sabe cuánto más tiempo pasaría en los Marins, y hacerla esperar habría sido injusto. Además, así ya nada lo ataba a Smallville y podría concentrarse en su misión.
Qué sentido de ironía tan cruel tenía la vida. Tal vez de haber regresado antes, Lana no habría mandado ese mensaje, y podrían haber retomado su relación justo donde la habían dejado. Ahora aquel video pesaba en su pecho como un elefante en la habitación.
—Sí, ya nos pondremos al corriente —Whitney tomó la mano de Lana, permitiéndose un momento de autocomplacencia, quizás la última vez que podría tomar la mano de Lana. Esta le devolvió la sonrisa con una mirada dulce, lo suficiente para hacer sonreír a la señora Fordman, pero sin ser lo bastante convicente para que Whitney pudiera fingir, aunque sea por segundo, que era un gesto sincero.
Cuando terminaron de comer, Lana se ofreció a lavar los platos, pero la señora Fordman insistió en hacerlo sola, mientras guiñaba un ojo a Whitney. Ahora ambos estaban sentados en el porche, mirando un cielo tachonado de estrellas, como diamantes inalcanzables que alumbraban el cielo nocturno.
—Lo siento, no le dije nada a mamá aún. Sobre nosotros, quiero decir —Whitney se removió con incomodidad en su lugar—. No pretendía ponerte en una situación incómoda.
—No te preocupes, entiendo. No esperaba que se lo hubieras mencionado. Hay cosas más importantes en las que concentrarse —Lana señaló con el mentón al bastón de Whitney, que descansaba sobre las escaleras—. ¿Te dieron algún tiempo de recuperación?
—El doctor dijo que con terapia puede que recupere toda la movilidad, pero no descarta que sea una herida permanente.
Lana hizo una mueca por una fracción de segundo, pero al siguiente volvió a su expresión amable.
—Lo importante es que estás aquí, vivo. Me alegra poder verte otra vez.
Un segundo de silencio. Dos. Tres.
—¿Sabes? —continuó, con un repentino tono animado—. Lo que te dije en ese video fue durante otras circunstancias. No creí que fueras a volver tan pronto, pero ahora podemos intentarlo de nuevo, saber si lo nuestro aún puede funcionar…
—No.
Lana había sido lo único que lo ataba al pueblo, pero eso no quería decir que ella tenía que quedar atada a él también. Whitney sabía lo que era tener una soga invisible al cuello todo el tiempo, y no le haría eso a Lana. Estaba seguro de que Lana no habría hecho el ofrecimiento si él siguiera saludable. Lo único que le dolía más que el rechazo era la lástima.
—Whitney...
—No —se limitó a repetir Whitney, sintiendo que el nudo volvía a su garganta—. Tomaste una decisión, no voy a obligarte a sentir algo.
—Puedo ser feliz contigo, puedo cambiar de opinión. Podemos intentar.
—Lo haré —dijo Whitney, fijando su mirada en Lana con intensidad—, si puedes mirarme a los ojos, y decirme que aún me amas.
Lana no bajó la mirada, se concentró aún más. Whitney la miró con más fuerza, si era posible. Quería creerlo, quería tener esperanzas de que aún había algo allí que pudiera salvarse, algo por lo que luchar, que los sentimientos que ella alguna vez tuvo seguían allí, aun si habían disminuido. Solo necesitaba una chispa para convertirla en una hoguera.
Lana abrió la boca levemente, inspirando con suavidad, sin dejar de mirar a Whitney…
Pero sus pupilas temblaron, y bajó la vista de golpe. Whitney no pudo más que dejar salir una risa seca, rasposa. Era eso o dejar que las lágrimas brotaran, pero eso era otra soga con la que no ataría a Lana, que por el contrario había empezado a limpiarse las gotas de la cara.
—Lo siento —susurró—. No quiero lastimarte.
—No lo haces —dijo Whitney como si lo creyera, y le dio un beso en la frente—. Solo quiero que seas feliz.
Lana siguió sollozando mientras Whitney la sostenía con un brazo.
—Ya debería irme —dijo Lana mientras se terminaba de secar las lágrimas.
—Te llevo —dijo Whitney.
—No te preocupes —dijo Lana, y señaló a su auto, el cual Whitney no había notado cuando llegó. Estar en casa ya era sobrecogedor en sí mismo sin tener que fijarse en los detalles, así que no lo hizo—. Además tienes que descansar tu rodilla.
—Entonces —Whitney dijo mientras se levantaba, reprimiendo sus quejidos—. ¿Puedo darte un último abrazo?
No tuvo que preguntar dos veces. Lana se acercó, esta vez con más delicadeza, y sostuvo a Whitney entre brazos. Por primera vez, fue él quien apoyó su peso en ella. Era tan patético, pero cerró los ojos para poder fingir que nada había cambiado. Se concentró en el abrazo, uno donde podía pretender que aún era el mariscal de campo de la preparatoria de Smallville, en perfecta forma, con una novia que estaría con él para siempre, y que cuando ella se fuera a casa, su padre lo estaría esperando para discutir el último juego de los tiburones de Metrópolis mientras miraba con afecto a su madre.
En esos segundos que parecieron una eternidad contenida, un instante de una vida que se había desvanecido ante sus ojos, Whitney le dio un último beso a Lana en la mejilla.
—No me olvides —susurró.
—¿Dijiste algo? —Lana dijo con una nota de consternación en su voz.
—Nada —contestó, y por fin se separó de ella, lo más difícil que había hecho en todo el día.
El auto de Lana avanzó en la distancia, hasta que se convirtió en nada más que un punto, tan diminuto y distante como las estrellas en el cielo, y luego desapareció.
Cuando Whitney entró a la casa, su madre estaba hablando con una de sus amigas por teléfono sobre el regreso de Whitney y cómo debería de venir a visitar el fin de semana. La pobre mujer se debió de haber quedado con ganas de celebrar a su hijo en grande. Whitney no había querido una gran fiesta, porque no quería que la gente creyera que estaría allí por mucho tiempo, pero por el momento permitiría que su madre creyera lo contrario.
—
El reloj ya marcaba la medianoche, pero Whitney no había podido cerrar los ojos todavía. Se movía en su cama entre quejidos, dentro de una habitación que se le antojaba claustrofóbica. Los trofeos y medallas que anteriormente habían sido fuente de orgullo, de repente parecían asfixiarlo mientras devoraban cada centímetro de la pared. Había dedicado su vida entera al deporte con miras a una beca que pudiera convertirlo en algo más que aquel muchacho que alguna vez jugó futbol en la secundaria, y había sido para nada.
Se concentró en un trofeo particular, que rezaba Preparatoria de Smallville — Ganadores de la Temporada de Otoño. Lo había obtenido el día en que ató a Clark ese día en el maizal, cuando lo nombró el espantapájaros de ese año. Había desarrollado un repudio gigante hacia el chico, por cometer el crimen de ser amistoso con su novia. Y ahora Whitney no tenía ni al futbol ni a Lana. Debía ser el karma.
Cuando dieron las doce y media, Whitney se resignó a una noche sin sueño, y salió de la habitación, luego recorrió la casa hasta llegar a la cochera.
Entrecerró los ojos cuando la luz del cuarto se encendió, revelando las pertenencias del señor Fordman que su madre no había tenido el valor de tirar a la basura. Allí estaba su caja de herramientas sobre la mesa, con todos los destornilladores esparcidos por la mesa, como si su padre los hubiera usado ese mismo día. Al otro lado estaba el pulidor desenchufado, un martillo y guantes de carnaza colgados en la pared. La escena era demasiado para Whitney, así que desvió la vista y se dirigió a la caja fuerte en la esquina, un pequeño cubo oscuro con una herradura metálica.
Había adivinado la contraseña a los catorce años, la combinación era su cumpleaños, pero su padre siempre se había jactado de lo segura que era aquel artefacto. Whitney nunca tuvo el valor de romper su ilusión y, sobre todo, no quería que supiera que a veces abría la caja fuerte para darle pequeños sorbitos al contenido que resguardaba.
Se apoyó en la mesa donde estaba la caja y tecleó los números sin pensarlo, y de una la caja profirió un sonido de clic, indicando que el proceso había sido exitoso.
Adentro estaban cuatro botellas de Whiskey, una sin abrir. El señor Fordman sólo las sacaba cuando había visitas o para ver partidos importantes de fútbol. Whitney aún podía recordar cuando el señor Fordman compró la cuarta botella de whiskey, cuando el joven apenas tenía diez años. Su padre le había dicho muy satisfecho: “Esta es especial, la abriremos cuando ganes tu primer partido profesional”.
El recuerdo le provocó un regusto amargo, acompañado de náuseas. Tomó la botella, pero se detuvo cuando estaba a punto de abrirla.
Técnicamente ese whiskey era suyo, pero beber su contenido era como perturbar los recuerdos de su padre. Esa cochera había sobrevivido el paso del tiempo y congelado un instante de la vida del señor Forman, el único que le quedaba. Si Whitney alteraba su estado, estaría corrompiendo el recuerdo.
Lo pensó por unos segundos más y tomó su decisión: que le importaba una mierda.
El señor Fordman ya no estaba allí, Whitney nunca iría a la universidad, y ninguno de los sueños que alguno de los dos había compartido se cumpliría. El cuerpo de su padre estaba a tres metros bajo tierra. Frío. Pudriéndose. Eso era lo único que quedaba. Y no había nada que ninguno de los dos pudiera hacer al respecto.
Abrió la botella de whiskey con la punta de la mesa y luego la empinó en su boca. Terminaría con el contenido de las otras tres botellas en la mañana. No importaba si su madre le recriminaba al día siguiente, podría soportarlo.
De cualquier modo, solo había ido a despedirse.